miércoles, 28 de julio de 2010

Ignorancia contra conocimiento

¿Nos interesa la verdad? ¿Tiene alguna importancia?

...donde la ignorancia es una bencición es una locura ser sabio.

escribió el poeta Thomas Gray. Pero ¿es así? Edmundo Way Teale, en su libro de 1950 Círculo de las estaciones, planteó mejor el dilema:

Moralmente es tan malo no querer saber si algo es verdad o no, siemrpe que permita sentirse bien, como lo es no querer saber cómo se gana el dinero siempre que se consiga.

Por ejemplo, es descorazonador descubrir la corrupción y la incompetencia del gobierno, pero ¿es mejor no saber nada de ello? ¿A qué intereses sirve la ignorancia? Si los humanos tenemos, por ejemplo, una propensión hereditaria al odio a los forasteros, ¿no es el autoconocimiento el único antídoto? Si ansiamos creer que las estrellas salen y se ponen para nosotros, que somos la razón por la que hay un universo, ¿es negativo el servicio que nos presta la ciencia para rebajar nuestras expectativas?

En la genealogía de la moral, Friedrich Nietzsche, como tantos antes y después, critica el "progreso ininterrumpido en la autodesvalorización del hombre" causado por la revolución científica. Nietzsche lamenta la pérdida de la "creencia del hombre en su dignidad, su unicidad, su insustituibilidad en el esquema de la existencia". Para mí es mucho mejor captar el universo como es en realidad que persistir en el engaño, por muy satisfactorio y reconfortante que sea. ¿Qué actitud es la que nos equipa mejor para sobrevivir a largo plazo? ¿Qué nos da una mayor influencia en nuestro futuro? Y si nuestra ingenua autoconfianza queda un poco socavada en el proceso, ¿es tan grande la pérdida en realidad? ¿No hay motivo para darle la bienvenida como una experiencia que hace madurar e imprime carácter?

Descubrir que el universo tiene de ocho a quince mil millones de años y no de seis a mil o doce mil mejora nuestra apreciación de su alcance y grandeza; mantener la idea de que somos una disposición particularmente compleja de átomos y no una especie de hálito de divinidad, aumenta cuando menos nuestro respeto por los átomos; descubrir, como ahora parece posible, que nuestro planeta es uno de los miles de millones de otros mundos en la galaxia de la Vía Láctea y que nuestra galaxia es una entre miles de millones más, agranda majestuosamente el campo de lo posible; encontrar que nuestros antepasados también eran los ancestros de los monos nos vincula al resto de seres vivos y da pie a importantes reflexiones -aunque a veces lamentables- sobre la naturaleza humana.

Carl Sagan


Sencillamente, no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos atados a la ciencia. Lo mejor sería sacarle el máximo provecho. Cuando finalmente lo aceptemos y reconzcamos plenamente su belleza y poder, nos encontraremos con que, tanto en asuntos espirituales como prácticos, salimos ganando.

Pero la superstición y la pseudociencia no dejan de interponerse en el camino para distraer a todos los "Buckley" que hay entre nosotros, proporcionar respuestas fáciles, evitar el escrutinio escéptico, apelar a nuestros temores y devaluar la experiencia, convirtiéndonos en practicantes rutinarios y cómodos además de víctimas de la credulidad. Sí, el mundo sería más interesante si hubiera ovnis al acecho en las aguas profundas de las Bermudas tragándose barcos y aviones, o si los muertos pudieran hacerse con el control de nuestras manos y escribirnos mensajes. Sería fascinante que los adolescentes fueran capaces de hacer saltar el auricular del teléfono de su horquilla sólo con el pensamiento, o que nuestros sueños pudieran predecir acertadamente el futuro con mayor asiduidad que la que puede explicarse por la casualidad o nuestro conocimiento del mundo.

Todo eso son ejemplos de pesudociencias. Prtenden utilizar métodos y decubrimientos de la ciencia, mientras que en realidad son desleales a su naturaleza, a menudo porque se basan en pruebas insuficientes o porque ignoran claves que apuntan en otra dirección. Están infestadas de credulidad. Con la cooperación desinformada (y a menudo la connivencia cínica) de periódicos, revistas, editores, radio, televisión, productores de cine y similares, esas ideas se encuentran fácilmente en todas partes. Mucho más difíciles de encontrar, como pude constatar en mi encuentro con el señor "Buckley", son los descubrimientos alternativos más desafiantes e incluso más asombrosos de la ciencia.

La peudociencia es más fácil de inventar que la ciencia, porque hay una mayor disposición a evitar confrontaciones perturbadoras con la realidad que nos permiten controlar el resultado de la comparación. Los niveles de argumentación, lo que pasa por pruebas, son mucho más relajados. En parte por las mismas razones, es mucho más fácil presentar al público en general la pseudociencia que la ciencia. Pero eso no basta para su popularidad.

Naturalmente, la gente prueba distintos sistemas de creencias para ver si le sirven. Y, si estamos muy desesperados, todos llegamos a estar de lo más dispuestos a abandonar lo que podemos percibir como una pesada carga de escepticismo. La pseudociencia colma necesidades emocionales poderosas que la ciencia suele dejar insatisfechas. Proporciona fantasías sobre poderes personales que nos faltan y anhelamos (como los que se atribuyen a los superhéroes de los cómics hoy en día, y anteriormente a los dioses). En algunas de sus manifestaciones ofrece una satisfacción del hombre espiritual, la curación de las enfermedades, la promesa de que la muerte no es le fin. Nos confirma nuestra centralidad e importancia cósmica. Asegura que estamos conectados, vinculados, al universo. Aunque para mí es difícil ver una conexión cósmica más profunda que los asombrosos descubrimientos de la astrofísica nuclear moderna, excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos configuran -el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, el carbón de nuestro cerebro- fueron fabricados en estrellas gigantes rojas a una distancia de miles de años luz y hace miles de millones de años en el tiempo, Somos, como me gusta decir, materia estelar. (La pseudociencia) es a veces una especie de hogar a medio camino entre la antigua religión y la nueva ciencia, del que ambas desconfían.

En el corazón de alguna pseudociencia (y también de alguna religión antigua o de la "Nueva Era") se encuentra la idea de que el deseo lo convierte casi todo en realidad. Qué satisfactorio sería, como en los cuentos infantiles y leyendas folclóricas, satisfacer el deseo de nuestro corazón sólo deseándolo. Qué seductora es esta idea, especialmente si se compara con el trabajo y la suerte que se suele necesitar para colmar nuestras esperanzas. El pez encantado o el genio d ela lámpara nos concederán tres deseos: lo que queramos, escepto más deseos. ¿Quién no ha pensado -sólo por si acaso, sólo por si nos encontramos o rozamos accidentalmente una vieja lámpara de hierro- qué pediría?

Recuerdo que en las tiras de comics y libros de mi infancia salía un mago sombrero y bigote que blandía un bastón de ébano. Se llamaba Zantara. Era capaz de provocar cualquier cosa, lo que fuera. ¿Cómo lo hacía? Fácil. Daba sus órdenes al revés. O sea, si quería un millón de dólares, decía "searlód ed nóllim, nu  emad". Con eso bastaba. Era como una especie de oración, pero con resultados mucho más seguros.

A los ocho años dediqué tiempo a experimentar de esta guisa, dando órdenes a las piedras para que se elevaran -"etavéle, ardeip". Nunca funcionó. Decidí que era culpa de mi pronunciación.

(Sagan, Carl. El mundo y sus demonios. La ciencia como una luz en la oscuridad. Editorial Planeta. Barcelona, España, 1997. Páginas 29-32)

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